A partir de permanecer por unas horas – o varios días – en un entorno completamente distinto al habitual, algo cambia en nuestra percepción y en nuestro “estar” en el mundo. Escribió Sócrates:
“Hay tres clases de hombres: los vivos, los muertos y los que navegan.”
Navegar como lo hacían los antiguos, no en un crucero de lujo, sino en una pequeña embarcación propulsada solo por el viento, permite que, por poco que no entorpezcamos el proceso, ALGO SUCEDA. Algo que esta impreso en nuestro inconsciente colectivo, arquetípico, el viaje del héroe.
Empezamos soltando amarras y este simple acto ya contiene un profundo simbolismo. “Soltamos amarres, dependencias, apegos … “. Iniciamos el viaje. Y nos adentramos en un nuevo mundo, un nuevo contexto, un nuevo paradigma. La “tierra firme” da paso a la “tierra que fluye, que nunca és la misma, impermanencia pura”. Del planeta Tierra, al planeta Mar. Otra materia, otra energía, otro modo de estar. El espacio seguro de la tierra, lo ya conocido, trillado, andado y desandado, lo viejo, deja espacio a nuevas vivencias. La seguridad de lo cotidiano, a lo incierto de no controlar cada detalle. Las rutinas y automatismos, las conductas reactivas, dan paso a tener que poner conciencia en cada gesto, en cada acto.
En un barco, el suelo se mueve bajo tus pies, como en la vida interior … Debes mantener el equilibrio siempre poniendo conciencia a tu verticalidad, a tu eje y tu centro. A las inercias del movimiento, a los posibles puntos de apoyo donde agarrarte… todo es distinto, incluso los nombres de las cosas son aqui otros…
Cuando suelto amarras, cuando la línea de la tierra queda ya lejos, corto por momentos o para siempre, el cordón umbilical que me une a mis viejos hábitos, a mis pasiones, a una parte de mi ego. Aquí, en el mar, el inmenso y inescrutable mar, la humildad es ineludible. Está en el agua, en el aire que respiro, en el sol que me calienta, en la inmensidad del marco de 360 grados sin obstáculos que me envuelve… la puerta de entrada a mi vacío fertil.
Caminante no hay camino,
Sino estelas en el mar.
Antonio Machado
